24 de octubre de 2012

Johannes Kepler II

Después de haber conocido su vida y de dónde provenía su afán por descubrir los secretos del universo, vamos a proceder con la obra científica que desarrolló a lo largo de su vida.


Para dar con sus famosas leyes, Kepler tuvo que renunciar antes a una serie de ideas grabadas a fuego en su concepto del universo:

Después de estudiar teología en la universidad de Tubinga, incluyendo astronomía con un seguidor de Copérnico, enseñó en el seminario protestante de Graz. Kepler intentó comprender las leyes del movimiento planetario durante la mayor parte de su vida. En un principio Kepler consideró que el movimiento de los planetas debía cumplir las leyes pitagóricas de la armonía. Esta teoría es conocida como la música o la armonía de las esferas celestes. En su visión cosmológica no era casualidad que el número de planetas conocidos en su época fuera uno más que el número de poliedros perfectos. Siendo un firme partidario del modelo copernicano, intentó demostrar que las distancias de los planetas al Sol venían dadas por esferas en el interior de poliedros perfectos, anidadas sucesivamente unas en el interior de otras. En la esfera interior estaba Mercurio mientras que los otros cinco planetas (Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno) estarían situados en el interior de los cinco sólidos platónicos correspondientes también a los cinco elementos clásicos tal que así:


En 1600 acepta la propuesta de colaboración del astrónomo imperial Tycho Brahe, que a la sazón había montado el mejor centro de observación astronómica de esa época. Tycho Brahe disponía de los que entonces eran los mejores datos de observaciones planetarias pero la relación entre ambos fue compleja y marcada por la desconfianza. No será hasta 1602, a la muerte de Tycho, cuando Kepler consiga el acceso a todos los datos recopilados por Tycho, mucho más precisos que los manejados por Copérnico. A la vista de estos datos, Kepler se dio cuenta de que el universo no podía ser explicado por la teoría de los poliedros perfectos y formas geométricas simples. Como consecuencia, Kepler renunció a las órbitas circulares de los planetas y se planteó que estas tuviesen otra forma distinta: elíptica.








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