Para dar con sus famosas leyes, Kepler tuvo que renunciar
antes a una serie de ideas grabadas a fuego en su concepto del universo:
Después de estudiar teología en la universidad de Tubinga,
incluyendo astronomía con un seguidor de Copérnico, enseñó en el seminario
protestante de Graz. Kepler intentó comprender las leyes del movimiento
planetario durante la mayor parte de su vida. En un principio Kepler consideró
que el movimiento de los planetas debía cumplir las leyes pitagóricas de la
armonía. Esta teoría es conocida como la música o la armonía de las esferas
celestes. En su visión cosmológica no era casualidad que el número de planetas
conocidos en su época fuera uno más que el número de poliedros perfectos.
Siendo un firme partidario del modelo copernicano, intentó demostrar que las
distancias de los planetas al Sol venían dadas por esferas en el interior de
poliedros perfectos, anidadas sucesivamente unas en el interior de otras. En la
esfera interior estaba Mercurio mientras que los otros cinco planetas (Venus, Tierra, Marte, Júpiter
y Saturno) estarían situados en el interior de los cinco sólidos platónicos
correspondientes también a los cinco elementos clásicos tal que así:
En 1600 acepta la propuesta de colaboración del astrónomo
imperial Tycho Brahe, que a la sazón había montado el mejor centro de
observación astronómica de esa época. Tycho Brahe disponía de los que entonces
eran los mejores datos de observaciones planetarias pero la relación entre
ambos fue compleja y marcada por la desconfianza. No será hasta 1602, a la
muerte de Tycho, cuando Kepler consiga el acceso a todos los datos recopilados
por Tycho, mucho más precisos que los manejados por Copérnico. A la vista de
estos datos, Kepler se dio cuenta de que el universo no podía ser explicado por
la teoría de los poliedros perfectos y formas geométricas simples. Como
consecuencia, Kepler renunció a las órbitas circulares de los planetas y se
planteó que estas tuviesen otra forma distinta: elíptica.

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